UNA REFLEXIÓN SOBRE LA “IDENTIDAD NACIONAL” Y EL PROCESO DE GLOBALIZACIÓN.

Consideraciones Preliminares.

Estas primeras líneas, tomando como base una reciente polémica en los medios de comunicación social, no representan un mero ritual académico o un ejercicio de erudición elemental. Creemos que, en aras de la importancia del tema, es de rigor reseñar tales opiniones contrapuestas.

Por ello, antes de ofrecer nuestro propio aporte, traeremos a colación las opiniones de Thomas Friedman, Mario Vargas Llosa y Esteban Emilio Monsonyi.

Primeramente se presenta un resumen de la opinión de Thomas Friedman, autor del best seller: The Lexus and the Olive Tree. (1)

Este norteamericano, dos veces Premio Pulitzer de Periodismo, y ahora “Gurú” de la mundialización, relata una anécdota que le dio el título a su obra.

Friedman quedó fascinado durante una visita que hizo  a la fábrica de los lujosos automóviles Lexus en Japón. Cuenta que en ese entonces la planta producía unos 300 autos al día con el trabajo de 66 seres humanos y 310 robots. Los humanos más que todo revisaban la calidad del trabajo. Al final de la visita viajó a “Ciudad Toyota” en el llamado “tren bala”, a unos 300 kilómetros por hora, y allí, todavía mareado por la velocidad,  revisó el periódico <<International Herald Tribune>> que comentaba algo sobre el conflicto del Medio Oriente.

Reflexionó que mientras los japoneses estaban fabricando los autos más lujosos del mundo y él viajaba en ese “tren bala” a 300 kilómetros por hora, en un antiguo rincón del planeta que conocía muy bien, pues vivió varios años entre Beirut y Jerusalén, todavía seguían luchando como desde hace miles de años acerca de quien es el dueño de cada árbol de olivo. Confiesa Friedman que ese fue el comienzo de su reflexión sobre este tema fundamental: la globalización.

El autor, quien vino recientemente a Venezuela invitado a darnos una conferencia en el IESA, plantea que “el Lexus representa la fuerza y el impulso de la creación de riqueza, mientras que el árbol de olivo representa las raíces, la tradición, la necesidad humana de identidad y de pertenecer a una comunidad.

Fue un shock para mí (dice T.F.) darme cuenta que ambos símbolos transmiten perfectamente el momento de la posguerra fría y la globalización que atravesamos. La mitad del mundo parece emerger hacia la nueva economía mundial, tratando de fabricar un Lexus mejor que el de los japoneses, modernizando, privatizando y tratando de abordar el tren de la globalización, mientras la otra mitad de un país, sigue atrapada en la disputa acerca de sus raíces y sus derechos territoriales.”

Antes de proseguir presentando otras opiniones ajenas es conveniente acotar aquí que Friedman, con gran sencillez, nos ofrece una visión de este asunto que apasiona  a miles de científicos sociales.

Allí en ese planteamiento está esbozado el juego  dialéctico entre modernidad y tradición, entre aferrarse demasiado al pasado o aceptar los retos del presente y del futuro.

El “Lexus” es un excelente símbolo de esta sociedad contemporánea cada vez más globalizada, donde no sólo circulan capitales para la inversión y nuevas tecnologías. También una avalancha de nuevas ideas y conceptos que horadan todas las fronteras, incluyendo aquellas donde todavía se matan, desde tiempo inmemorial, por el control de unos cuantos metros cuadrados donde está sembrado un árbol de oliva.

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Para nuestra suerte, Mario Vargas Llosa publicó recientemente un nuevo ensayo titulado “Las Culturas y la Globalización”(2).

Comenta el autor que en las recientes manifestaciones de protesta en Seattle, Davos y Bangkok se denunciaba la globalización señalando que “La desaparición de las fronteras nacionales y el establecimiento de un mundo interconectado por los mercados internacionales infligirán un golpe de muerte a las culturas regionales y nacionales, a las tradiciones, costumbres, mitologías y patrones de comportamiento que determinan la identidad cultural de cada comunidad o país.”

Agregó Vargas Llosa que aunque se denuncia la invasión de productos culturales de los países desarrollados, especialmente de los Estados Unidos, paradójicamente, esto no lo hacen sólo las minorías radicales. Esas actitudes, como en el caso de Francia, se asumen también a través de variadas corrientes ideológicas que se oponen a la penetración norteamericana en el cine, la moda, los avisos, etc.

El intelectual que venimos citando cree que “el argumento cultural contra la globalización no es aceptable, conviene reconocer que, en el fondo de él yace una verdad incuestionable. El mundo en el que vamos a vivir en el siglo que comienza va a ser mucho menos pintoresco, impregnado de menos color local, que el que dejamos atrás. (…) Este es un  proceso que experimentan, unos más rápido, otros más despacio, todos los países de la Tierra.

Pero no por el proceso de la globalización, sino de la modernización, de la aquella es efecto, no causa. (…)

Lo que no creo (dice Vargas Llosa) que se pueda es evitarlo. Ni siquiera los países como Cuba o Corea del Norte (…) Es verdad que la modernización hace desaparecer muchas formas de vida tradicionales, pero al mismo tiempo, abre oportunidades y constituye, a grandes rasgos, un gran paso adelante para el conjunto de la sociedad. (…)

En verdad, el alegato a favor de la <<identidad cultural>>  en contra de la globalización delata una concepción inmovilista de la cultura que no tiene fundamento histórico. ¿Qué culturas se han mantenido idénticas a sí mismas a lo largo del tiempo? Para dar con ellas hay que ir a buscarla entre las pequeñas comunidades primitivas mágico-religiosas de seres que viven en cavernas, adoran el trueno y a la fiera y debido a su primitivismo son cada vez más vulnerables a la explotación y al exterminio. (…)

La noción de <<identidad cultural>> es peligrosa porque, desde el punto de vista social representa un artificio de dudosa consistencia conceptual, y, desde el político, un peligro para la más preciosa conquista humana, que es la libertad.   (…)

Concluye Vargas Llosa destacando que el concepto de identidad es reductor y deshumanizador, que la noción de identidad colectiva es una ficción ideológica, cimiento del nacionalismo, que una de las grandes ventajas de la globalización es que extiende a cada ciudadano del planeta la posibilidad de construir su propia identidad cultural, que el temor a la americanización del planeta es una paranoia ideológica. Es cierto que con la globalización se impulsa el idioma inglés y que este “ha pasado a ser, como el latín en la Edad Media, la lengua general de nuestro tiempo”.

Esto no ha impedido la expansión de otros idiomas, entre ellos el español que tiene entre 25 y 30 millones de hispanohablantes en USA.

Las culturas necesitan vivir en libertad, expuestas al cotejo continuo con culturas diferentes, gracias a lo cual se renuevan y enriquecen, y evolucionan y adaptan a la fluencia continua de la vida. En la antigüedad, el latín no mató al griego, por el contrario, la originalidad artística y la profundidad intelectual de la cultura helénica impregnaron de manera indeleble la civilización romana, y a través de ella, los poemas de Homero, y la filosofía de Platón y Aristóteles llegaron al mundo entero. La globalización no va a desaparecer a las culturas locales; todo lo que haya en ellas de valioso y digno de sobrevivir encontrará en el marco de la apertura mundial un terreno propicio para germinar.”

Citando a T.S. Eliot <<Notas para la definición de la cultura>> recuerda que este predijo el florecimiento de las culturas locales y regionales. Al respecto véase lo ocurrido en Europa, especialmente en España y sus especificidades floreciendo de nuevo.

No deja pasar por alto que en los siglos XVIII-XIX, los “estados nacionales” aniquilaron las identidades culturales más débiles e impusieron una cultura dominante de manera forzada, hasta prohibiendo idiomas y tradiciones.

En fin, acota Vargas Llosa que la globalización plantea muchos retos jurídicos, políticos; pero ella debe ir acompañada de la mundialización y profundización de la democracia – la legalidad y la libertad.

Concluye señalando que “… nunca antes, en la larga historia de la civilización humana, hemos tenido tantos recursos intelectuales, científicos y económicos como ahora para luchar contra los males atávicos: el hambre, la guerra, los prejuicios y la opresión.”

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La brillante síntesis que hace Vargas Llosa sobre Identidad y Globalización no es posible calificarla de neutra o no comprometida. Sin duda ella expresa una vigorosa posición ideológica a favor de la modernidad,  la libertad individual y el cambio transformador.

Sin estrechos complejos nacionalistas, el autor acepta las bondades de ese <<nuevo fantasma que recorre al mundo>>. Cuestiona esas posiciones defensivas de estados y sociedades que todavía pretenden cerrarse ante esas sucesivas olas que surcan el planeta.

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Para completar el ciclo de autores citados presentamos los planteamientos duramente polémicos de Esteban Emilio Monsonyi en su reciente artículo titulado “Globalización y Diversidad Cultural”(3)

Monsonyi critica abierta y directamente a Vargas Llosa y su artículo <<Las Culturas y la Globalización>>.

Señala que Vargas Llosa tiene una “visión ultraneoliberal” del asunto y lo califica de “emisario de la mediocridad”.

Argumenta Monsonyi que “De hecho, la globalización hegemónica tiene poco que ver con la mundialización, real o potencial, de cada fenómeno surgido en el orbe por vía de los medios de comunicación contemporáneos. Así, el que se oiga hablar en español hasta en los lugares más remotos no es algo que se inscriba en los grandes proyectos culturales, si cabe utilizar el término, de las corporaciones transnacionales.”.

A este planteamiento agrega que “Cualquier observador medianamente inteligente se da cuenta de que en los Estados Unidos se hace lo posible por reprimir el idioma español, de suerte que en entidades fuertemente hispanizadas como California y Florida este idioma ha venido perdiendo todas sus prerrogativas, ya casi ni se habla de su oficialización regional y la educación bilingüe está de capa caída.”

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Antes de seguir adelante con el autor citado, creemos conveniente destacar que sobre este tema conocemos un interesante debate desarrollado en los Estados Unidos desde hace más de una década.

Una de las expresiones de ese debate fue la obra de R. Rodríguez <<Hunger of Memory>>. Este autor de origen hispano fue un brillante intelectual con una formación académica del más alto nivel, doctorado en Literatura inglesa, conferencista universitario y escritor.

Rodríguez y otros intelectuales latinos de la década de 1980 empezaron a cuestionar el supuesto carácter “progresista” de mantener la dualidad cultural de los hispanos (especialmente los de origen mexicano), expresada en esa lucha permanente por las tradiciones propias y la educación bilingüe.

Rodríguez, enfrentando a muchos de su propio entorno cultural, postuló que la solución no era mantenerse “auto segregado” en medio de dos identidades. Más bien, defendió la idea de incorporarse totalmente a la cultura predominante. Afirmó que sólo así se podía abandonar el gheto, incorporarse y competir con éxito en el sistema educativo y en la sociedad estadounidense; hacer lo contrario, decía, era quedar relegado para siempre como trabajador no calificado.

Debe recordarse que en el caso de Texas y California, fueron los propios hispanos quienes invitaron a los anglosajones a establecerse en esos territorios a mediados del Siglo XIX, y fue posteriormente, cuando los anglosajones agredieron a México y decidieron quedarse con todo.

Una consecuencia de esas anexiones territoriales es el carácter peculiar de  Nuevo México. Este es el único estado donde el español es lengua oficial junto con el Inglés, haciendo la salvedad que, curiosamente, en USA no hay un “idioma oficial” para toda la nación. Aunque también es cierto que la mayoría anglosajona se opone a que se gaste tanto en los “extranjeros” que pretenden vivir en el país que los acoge  sin asimilarse totalmente.

Terminada esta necesaria digresión, continuaremos reseñando la filípica que Esteban Emilio Monsonyi lanzó contra Vargas Llosa.

Dice que este “despotrica contra el concepto de identidad colectiva acudiendo al ridículo, simplísimo y mil veces superado argumento de que ella no es estática y, sobre todo, incompatible con las identidades individuales, con la libertad de la persona como tal” — y agrega E.E.M. que – “cualquier estudiante de ciencias sociales aprende, desde el inicio de su formación, que todo tipo de identidad humana es dinámica, fluida, cambiante y constituida por la superposición de un sinnúmero de dimensiones tales como individualidad, familia, comunidad, región, nación, afinidad ideológica o profesional, incluso solidaridad internacional y panantrópica.”

Finalmente, plantea Monsonyi que reconoce “la consolidación de una mega-tendencia histórica que hace viable la creciente articulación intercultural de todas las sociedades humanas grandes y minúsculas; todo lo que presagia un enriquecimiento increíble de la experiencia humana en medio de la sociodiversidad. Lamentablemente, la principal fuerza que se opone a esta potencialidad sin precedentes es la pretendida vía corta de la globalización neoliberal, cuyo proyecto confeso es la masificación de la humanidad en base (sic) al pensamiento único, la homogeneidad castrante y una cada vez más excluyente de las mayorías y minorías asimilables a ese modelo”.

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Los ácidos comentarios de Monsonyi expresan su ya tradicional punto de vista sobre el tema, esto es, la defensa a ultranza de esa especie de “autoctonismo” o indigenismo militante.

Era de esperar que rechazara abiertamente una posición como la de Vargas Llosa, o la de Friedman si es que la hubiera considerado.

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Hecha ya la presentación de los argumentos anteriores, intentaremos ahora ofrecer otras consideraciones sobre la Identidad y su relación con la Globalización o “Mundialización”.

Consideramos que más que intentar definir, de manera abstracta, qué es eso tan escurridizo como nuestra identidad nacional, debemos acercarnos pedagógicamente al tema desde variados ángulos que pudieran hacernos comprender el asunto de manera sencilla.

Primeramente, afirmamos que no creemos que nuestra identidad nacional la tengamos que ver solamente asociada al remoto pasado.

Quienes creen que nuestra identidad sólo la representa el rancho o choza de paredes de bahareque (4) y techo de hojas de palma, el palafito, el conuco, el sombrero de cogollo, las alpargatas y el liqui-liqui; la carne en vara, el casabe, la hallaca, las arepas y cachapas; la leyenda de María Lionza y el baile de joropo con arpa, cuatro y maracas tienen una visión muy parcial sobre lo que representa la identidad de un pueblo o nación.

La identidad nacional de los venezolanos de nuestros días no tiene que ser necesariamente igual a la de aquellos que vivieron en remotas épocas. Diríamos más bien que, la identidad de un pueblo es muy  dinámica, ella refleja las transformaciones ocurridas en la economía, la sociedad, el Estado y la cultura en cada época histórica. No podemos suponer, por ejemplo, que aquellos criollos <<mantuanos>> de la Caracas de finales del siglo XVIII pensaran igual a los que sobrevivieron a la terrible revolución de la guerra de independencia nacional. Es obvio, que sus ideas, opiniones y todo aquello que formaba parte de su propia mentalidad e identidad quedaron afectado profundamente por las transformaciones económicas, sociales y políticas ocurridas entonces.

En fin, no puede suponerse que, de ninguna manera, sus opiniones sobre lo que representaban las antiguas ideas siguiesen igual y que su identidad fuese la misma de antes.

La mayor parte de los representantes de esas elites criollas desarrollaron una nueva identidad de acuerdo con los cambios sufridos por la sociedad venezolana y se la impusieron al resto del país. De la misma manera, ya en nuestro siglo XX, al desarrollarse la nueva economía petrolera y el consiguiente proceso de decadencia y desaparición de la economía tradicional de la <<Venezuela Agraria>>, se abrió paso a un proceso de cambios en la mentalidad de las elites venezolanas, que liderarán la estructuración de una nueva identidad nacional. Lógicamente, siempre las ideas dominantes son las ideas de las clases y grupos dominantes.

En resumen: Durante la época colonial fuimos cerradamente hispano-católicos; a partir de la independencia nos abrimos hacia el espíritu cosmopolita o internacional hijo de las ideas de la Ilustración liberal británica, francesa y norteamericana; en el siglo XX, en medio del avasallador avance del capitalismo occidental se nos incorporó (gracias a la inmensa riqueza petrolera de nuestro subsuelo) a la caravana de la cultura anglosajona.

Visto así el problema de manera muy general, examinemos ahora el asunto con mayores detalles:

Durante los siglos coloniales nuestra identidad estuvo signada o caracterizada por el tradicional respeto religioso y sumisión al monarca español, a la iglesia católica y sus mandatos morales, éticos, estéticos e ideológicos; a la cultura tradicional ibérica y algunos elementos propios de nuestro mestizaje africano e indígena. En cierto sentido, nos sentíamos parte integrante de una vasta comunidad hispana hermanada por lazos de lengua, religión, costumbres y tradiciones. Y aunque el proceso de emancipación nacional trastocó el orden colonial, no se borraron todos esos viejos lazos creados a través de más de trescientos años de historia común. No es fácil que la mentalidad de un pueblo cambie de manera radical en un período histórico corto.

De todas maneras, los venezolanos tuvieron que intentar darle respuestas a las grandes interrogantes planteadas al alcanzar su emancipación nacional en el período 1810-1823.

Al preguntarse cuál era nuestra identidad, respondieron con una negación. Establecieron la nueva identidad sobre la base de la negación de su propio pasado. Mutilaron o amputaron parte fundamental de su propia historia al querer olvidarse de sus ancestros españoles, a los que condenaron en los más duros términos, hasta construir eso que se ha denominado la <<Leyenda Negra>>.

Cuando nuestros primeros historiadores y pensadores del siglo XIX escribieron sobre el pasado y el presente de aquella patria recién emancipada, en general, lo hicieron siguiendo un mismo patrón, esto es, afianzar la nueva identidad sobre la base de enfrentar el pasado español como algo esencialmente negativo. Destacaron la codicia y las atrocidades de los navegantes, conquistadores y colonizadores hispanos, la barbarie de la guerra de independencia (realistas sanguinarios), el oscurantismo, la intolerancia, el fanatismo y el atraso.(5)

Frente a ese negro y negativo cuadro plantearon nuestros historiadores, a manera de contraste, la gran gesta de los héroes de la patria. Sólo la acción de los próceres libertadores encabezados por Simón Bolívar logró poner fin a esa larga noche y traernos la luz de la libertad política, el progreso y una patria propia.(6)

Era lógico y necesario que, ante ese inmenso vacío dejado por esa actitud negadora, se apelara al culto de los héroes como el único substituto o consuelo para un pueblo que conquistó su independencia a costa de centenares de miles de muertos, la desarticulación de todo su aparato productivo (la economía del cacao, añil, tabaco y ganado vacuno), la destrucción de la sociedad tradicional, el surgimiento del caudillismo y las guerras civiles. Se debe considerar que la primera de estas guerras civiles, lo fue la guerra de independencia, donde se enfrentaron los propios venezolanos que pelearon en uno y otro ejército.

No tenemos dudas al respecto. Los venezolanos de entonces, aquellos que tuvieron la oportunidad de vivir en carne propia ese proceso, o los que sólo lo conocieron décadas después, a través de las obras de nuestros historiadores; desarrollaron su identidad, edificándola sobre una débil estructura. Pretendieron que su identidad se sustentara únicamente sobre las glorias de un puñado de héroes que nos había hecho libres, y de los cuales, ni siquiera éramos dignos hijos, si se consideraba nuestra ingratitud y desidia.

Éramos un pueblo que se veía a sí mismo en estos términos: Negaba a sus “abuelos hispanos”, pero hablaba su lengua y conservaba muchas de sus tradiciones; cantaba a las glorias de los héroes de la epopeya o gesta de independencia nacional, pero en el fondo no estaba satisfecho con lo obtenido – una libertad – que no le servía de mucho. La mayoría de los venezolanos consideró que no había cambiado positivamente su situación; pero por el contrario, los que se mantuvieron en las elites (o aquellos que se incorporaron a éstas) conservaron – de hecho – casi todos sus privilegios.

Hasta nuestros días, el pueblo venezolano soporta ese destino signado por la duda; destino de pueblo condenado a preguntarse reiteradamente sobre su identidad. Tal situación, creemos, la atraviesa por haber renunciado a sus raíces hispanas más profundas, las que le daban derecho a convertirse o seguir siendo parte de eso que el historiador Ruggiero Romano llamó las “nacionalidades satisfechas”, es decir, aquellas que se estructuraron orgullosamente desde hace siglos en Francia, Inglaterra, España, Portugal.

Al Venezuela y los venezolanos renunciar a esa identidad hispana (a la que tenían y tienen derecho) prefirieron convertirse en lo que el antes citado autor denominó “nacionalidades frustradas”, es decir, aquellas que antes que insertarse en el viejo tronco de su madre patria, prefirieron edificar una identidad únicamente sobre la base de la libertad y la independencia nacional. Obviamente, ese sería el caso de las nuevas repúblicas hispanoamericanas.

El razonamiento anterior se puede reforzar con otros argumentos de conocidos autores, pero en aras de la brevedad no lo haremos.(7)

Resumiendo todo lo planteado, afirmamos que Venezuela, al igual que sus hermanas repúblicas de América Latina, ha sufrido una crónica crisis de identidad. Desde que asumió su condición de estado soberano, en medio de un proceso general de disolución del decadente imperio español, hasta este presente en que todavía sufre los embates del neocolonialismo globalizador y debe luchar desesperadamente  por conservar los atributos formales de una república, nominalmente independiente pero sojuzgada por una asfixiante deuda externa, penetración de capitales parasitarios y una amplia brecha tecnológica.

La identidad de los venezolanos de hoy debemos afirmarla a partir de una visión integral de la misma. Sin pretender volver totalmente al remoto pasado, éste debe conocerse y asumirse como algo propio y valioso.

Ese pasado es parte fundamental de nuestra identidad como pueblo, sin él, seríamos como un individuo sin memoria. Y así como los amnésicos necesitan – a veces – un fuerte “shock” o sacudida para recordar su identidad perdida, tal vez, nosotros en este caso, necesitemos algo similar.

Ciertas circunstancias históricas (graves crisis) habitualmente hacen que los pueblos asuman responsablemente su destino, o por lo menos, empiecen a reflexionar sobre qué cosa son y hacia dónde van.

Antes en esta reflexión se mencionaba que la identidad no era sólo una cuestión de cosas viejas del pasado. Decíamos que no se debía asociar la identidad venezolana solamente con la imagen de una choza o rancho de bahareque. Pues bien, cuando ya en el mundo contemporáneo han caído o desaparecido la así llamada “cortina de hierro” de Europa del Este, la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el “muro de Berlín”; cuando ya se ha levantado también la despectivamente llamada “cortina de bambú” que encerraba a la milenaria China, no debiéramos nosotros, pretender edificar en esta subdesarrollada Venezuela un <<muro de bahareque>>  que proteja, como algunos pretenden, nuestra identidad amenazada por la invasión de lo foráneo.

Honestamente, pensamos, que la mejor defensa de la identidad nacional venezolana no es cerrarnos xenofóbicamente a todo lo que venga de otras latitudes. Ante la avalancha de información, ideas, costumbres, tradiciones, música y otras expresiones culturales foráneas debemos confrontar todo eso con lo que es nuestro patrimonio. En esa confrontación tal vez se pierdan algunas cosas – pero seguros estamos – también ganaremos mucho al enriquecer lo nuestro.

Cómo encerrarse en los límites de ese “muro de bahareque”, si ya somos parte de este mundo contemporáneo donde diariamente debatimos sobre la ya  establecida “autopista de la información”, sustentada en las comunicaciones a través de satélites, antenas rastreadoras o parabólicas, redes de cable de fibra óptica, correo electrónico, navegación por Internet y discos compactos para computadoras que almacenan diccionarios, colecciones de revistas de investigación, enciclopedias, programas de todo tipo, hojas de cálculo, juegos, gigantescas bases de datos y todo eso que por comodidad se ha denominado la <<realidad virtual>>.

No cabe duda, en estos días, somos – más que nunca — los habitantes de una gran <<aldea global>>, habitantes de un planeta que pueden ver y escuchar “en vivo y en directo” los discursos del Presidente de los Estados Unidos de América, del rey de España y de otros dirigentes mundiales, los debates de los más importantes parlamentos del  mundo, así como los eventos científicos, artísticos, deportivos, políticos o de cualquier naturaleza. En suma, todo el acontecer nacional, continental o mundial desfila ante nuestros ojos de manera inmediata o a las pocas horas de haber tenido lugar.

Por eso nos repetimos ¿cómo cerrarse a esa invasión de nuevas ideas?

Ninguna pared, ningún muro nos pone a salvo de la masiva circulación de nuevas expresiones culturales cada vez más cosmopolitas que determinan las características de la identidad nacional venezolana contemporánea.

Ante esta realidad, solamente tenemos una alternativa, sólo nos queda una trinchera en defensa de nuestra esquiva identidad: Fortalecer la conciencia histórica, asumirla en toda su complejidad. Penetrar en todos sus recovecos, sin complejos, sin mutilar sus más profundas raíces indígenas, africanas y, sobre todo, españolas – ya que este último componente ha sido el más negado – pero, paradójicamente, — es el que expresa lo sustancial de nuestro ser nacional: Idioma, tradiciones, religión, costumbres, folklore e historia de más de quinientos años.

Sin complejos, y sin avergonzarnos de todo lo nuestro, debemos confrontarlo o compararlo con esa avalancha de información de todo tipo que nos invade (teniendo o no nuestro consentimiento). Sólo así se puede conservar una identidad viva y propia en estos tiempos.

Creer — ingenuamente — que nuestra identidad puede ser defendida, protegida y mantenida “pura” aislándonos de todo contacto con lo foráneo es condenarnos al fracaso. Sería como admitir, anticipadamente, que lo nuestro no sirve y que lo extranjero es lo deseable, por ser supuestamente mejor o superior. Asumir esa actitud sería una posición de pueblo acomplejado, inseguro de lo que valen sus tradiciones, su cultura, su idioma. Sería una actitud indigna de los pueblos cantados por el gran poeta que recordaba con amor y pasión <<a los que todavía rezaban a Jesucristo y hablaban español>>.

Para terminar, sólo esperamos que ustedes reflexionen sobre este conjunto de ideas que ofrece este maestro de escuela preocupado por el destino de su patria, en la cual, según autorizadas encuestas, un gran porcentaje de su población ve como única salida emigrar a otras naciones (especialmente a los Estados Unidos de América) para alcanzar así sus propios objetivos.

Ojalá que quienes lean estas líneas, en esta patria en crisis, no piensen como esos que apuestan todo por obtener una visa para vivir en esa especie de nueva <<Tierra Prometida>>, Ojalá sigan valorando a Venezuela, con sus defectos y también sus virtudes, entre ellas, las de ser una nación que ha acogido en su seno a centenares de miles de nacidos en otras tierras, pero que hoy aman a este país a pesar de la inseguridad, el desempleo, la inflación, la pobreza y otros males que nos afectan.

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NOTAS:

(1) Véase entrevista en la revista PRIMICIA (abril 25,2000), pp. 26-28)

(2) Diario EL NACIONAL (Abril 16, 2000) (p. A/7, Opinión).

(3) Diario EL NACIONAL (Mayo, 17 de 2000 /// p. A/6 Opinión).

(4) n.a. Si alguno no lo sabe, el bahareque es una pared hecha con barro y paja picada, embutido dentro de una armazón de horcones de madera, caña brava y otros materiales.

(5) Entre ellos: Feliciano Montenegro Colón, Rafael María Baralt, Francisco Javier Yanes, Juan Vicente González, José de Austria y Felipe Larrazábal.

Considérese también la interesante propuesta de Juan Liscano, quien ha sostenido que en nuestra identidad existe el íntimo conflicto de los venezolanos que tienen el alma escindida al desear identificarse con la madre violada (la mujer indígena cuyo vientre crió al mestizo americano) y no con el padre violador, el conquistador y el colonizador español.

(6) Ibídem.

(7) Además de Ruggiero Romano, autores como Ángel Bernardo Viso, Germán Carrera Damas, Nikita Harwich Vallenilla y otros han abordado este tema. Asimismo, nosotros lo hemos tratado en nuestro libro El Culto a los Héroes y la Formación de la Nación Venezolana (Caracas, Litho-tip, 1999).

N.F.G.

Caracas 8 junio del 2000.

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